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Agualusa: «No hay explicación sobre por qué algunos libros funcionan en el mercado»

Probablemente es, a día de hoy, el escritor más internacional de Angola, aunque él mismo nos recalca que en nuestro país la literatura africana parece no funcionar entre los lectores. Algo que podría empezar a cambiar, al menos en su caso, después de recibir el Premio Llibreter 2018, elegido por los libreros catalanes. Con el Premio Internacional de Dublín ex-IMAC (cuyo discurso reprodujimos aquí), este el segundo galardón que se lleva en poco más de un año «Teoría General del Olvido«, publicado en castellano en la editorial Edhasa, la impactante historia de una anciana portuguesa que se tapia dentro de su piso en Luanda al estallar la guerra civil, dando la espalda al mundo exterior durante años. Es un relato sobre el miedo al otro, pero también sobre el encuentro con el otro, un leitmotiv que el escritor ubica casi siempre en un contexto pasado, haciendo un tipo de novelas históricas que se reapropian de la memoria colonial y cuentan narraciones extremadamente humanas.

Autor de numerosas novelas,  como la célebre «Nación Criolla» (1997) o la más reciente «Reina Ginga» (2014), José Eduardo Agualusa (Huambo, 1960) ha realizado y colaborado en documentales y en televisión, como en el conocido programa «La hora de las cigarras» en la cadena RTP.  Hoy continúa publicando en periódicos como el brasileño Globo. Me encuentro con el angoleño en su apartamento lisboeta de Lapa, justo una calle por detrás del piso en el que viví durante dos años y medio. Y como suelen hacer los vecinos, comentamos la lista de nuevos moradores de un barrio que atrae desde hace un tiempo a celebridades de los más variados universos: el escritor y académico Antonio Muñoz Molina, sin ir más lejos, vive hoy un par de plantas por encima de Agualusa, según me cuenta.  ¿Qué probabilidades habrá de que se cruce con Madonna, que ha fijado su residencia unas calles más abajo, o con el antiguo futbolista francés Eric Cantona, instalado cerca del Jardim de Estrela?

Usted pasa mucho tiempo en Lisboa, ¿tiene la sensación de que ha habido un cambio muy grande desde que vino por primera vez?

Creo que Lisboa ha cambiado muchísimo, y también su comunidad africana, evidentemente. No sabría decir si ha aumentado en número o si es más activa hoy o no. Hace poco hablaba con alguien y le comentaba, por ejemplo, que creo que hay menos discotecas angoleñas hoy en día. Incluso otro tipo de espacios de animación nocturna; tengo la impresión de que hay menos, no sé explicar por qué.

¿Con cuántos años llegó usted a Lisboa? 

Yo vine a estudiar aquí con unos 18 años, al inicio de la década de los 80. 

Imagino que fue a la búsqueda de la vida cultural, como cualquier estudiante.

Me juntaba mucho con estudiantes africanos. Lisboa por aquel entonces era una ciudad muy pobre,  nada que ver con lo que se ha vuelto hoy. Y no había casi nada. Hasta recuerdo que quien comenzó a animar la vida lisboeta fue gente africana; una de las primeras personas que lo hizo fue un guineano llamado Hernani, que empezó a mover el Bairro Alto. Hoy tiene un espacio allí cerca…

Fotografía: Ángela Rodríguez Perea.

El Tabernáculo.

Eso es, el Tabernáculo. Antes tenía el Tagus. También tuvo una salsateca flotante, un bar en el Tajo. Él y “Zé da Guiné” fueron los que empezaron a animar la ciudad, pues como decía, aquí no había nada. Lo que existía eran espacios pequeños, casas privadas de caboverdianos, no sé si aún existen ese tipo de cosas. La gente se encontraba allí. Y poco a poco empezaron a surgir espacios nocturnos, discotecas angoleñas y caboverdianas. Las dos comunidades estaban más separadas en aquella época. Por otra parte, pienso que Cabo Verde ha cambiado mucho, y la comunidad caboverdiana ha evolucionado paralelamente. Pero, por ejemplo, recuerdo haber asistido a conciertos de Cesária Évora solo con caboverdianos, unas cincuenta personas.

Usted empezó a escribir como periodista, aquí en Lisboa, después de acabar sus estudios.

En realidad empecé antes de acabar los estudios, que no llegué a terminar. Fue en un periódico que se llamaba “África”. Era un semanario completamente dirigido a la comunidad africana y yo escribía sobre cultura. Pero tampoco estuve mucho tiempo allí. Después de eso escribí sobre libros en el Expresso y después empecé en el periódico portugués Público.

¿Cómo llevó su familia el hecho de que no acabara sus estudios?

A mí mis padres nunca me molestaron mucho, siempre acababan diciéndome “haz lo que tú quieras”. Y aunque la decisión al principio no fue fácil, después todo fue marchando bien.

Qué suerte tan grande. ¿Y cuándo empezó a escribir ficción?

Escribí una pequeña novela, “La conjura” (1989), que ganó un premio en Angola. Después de ese premio todo fue más o menos fácil, el resto llegó solo.

¿Cómo llevó a cabo las investigaciones históricas? Porque no era su ámbito de estudio…

Yo iba mucho a la biblioteca nacional, que tiene unos fondos muy buenos, y descubrí allí una colección de periódicos angoleños del siglo XIX. Los leía, me entusiasmaron completamente. En realidad, la primera novela fue fácil de hacer porque está escrita a partir de aquel mundo, de ese ambiente de los periódicos, del lenguaje y todo lo demás.

Carnaval. Grupo de cabindas preparado para bailar, finales del siglo XIX. Archivo Histórico Ultramarino.

Después de publicar el libro decidió volver a Angola, a pesar de la situación política y de todo lo que había vivido aquí.

Sí, volví. Me casé y tuve dos hijos; el mayor tiene 21 y la pequeña 14. El chico está estudiando cine en Inglaterra, la chica vive en Luanda. Cuando volví, continué durante un tiempo como correspondiente del periódico Expresso y seguí escribiendo.

Aunque usted nunca ha estado involucrado directamente en política, ¿no tuvo ningún conflicto debido a ese tema, en aquella época?

Escribía artículos y entrevistas que no agradaban a algunos angoleños. Pero, de todas formas, hay mucha gente en esa situación que vive en Angola. No puedo decir que vinieron a secuestrarme o a arrestarme. Compraron el periódico y Rafael Marques [célebre periodista y defensor de los derechos humanos, ndlr.] y yo fuimos despedidos. Pero eso forma parte del sistema. En mi caso, nunca dependí de los periódicos angoleños para sobrevivir, me mantenía con lo que ganaba de fuera.

Usted ha vivido en muchos sitios. Después de aquello fue a vivir a Brasil.

Viví en Olinda y en Río de Janeiro.

Y ahora vive entre Lisboa y la Ilha de Moçambique. ¿Cómo toma las decisiones de ir de un sitio a otro? 

La Ilha siempre me gustó mucho, desde hace muchos años. Además, mi mujer es mozambiqueña y su familia es de la Ilha. Ahora hace dos años que vivo allí. Pero antes, después de vivir en Brasil, también viví en Berlín, con una residencia literaria.

¿Qué le pareció Berlín? Yo viví allí dos años y acabé huyendo…

¡Ah, yo no volvería a vivir allí! No, no me van el frío y la oscuridad. Pero para trabajar estuvo bien, trabajé mucho. Escribí un libro que era bastante complicado y que quizás nunca hubiera conseguido escribir sin ese paso por Berlín. Es un libro sobre Brasil, «El año en que Zumbi tomó Rio de Janeiro» (2001), cuya acción se desarrolla en gran medida en Río, donde yo acababa de pasar dos años. 

Aparte de la oscuridad, ¿qué piensa de la capital alemana?

La vedad es que no tengo mucho que decir, pues para mí fue un año de trabajo. Mi hijo tenía cuatro años, teníamos un buen apartamento en la Ku’damm [nombre coloquial de la avenida Kurfürstendamm, ndlr.], con un gran jardín con lago detrás del edificio, era perfecto.

Pero yo pasaba la mayor parte del tiempo con escritores. En aquella época, el embajador de Chile era Antonio Skarmeta y al ser un escritor conocido recibía a mucha gente. Yo me relacionaba sobre todo con los latinoamericanos y también con los brasileños, angoleños y mozambiqueños.

Hay una cercanía cultural y lingüística al final, ¿no es así? Tengo la impresión de que nosotros, en el sur de España, tenemos una gran afinidad cultural con angoleños y con brasileños. A pesar de ser un triángulo de puntos tan distantes, me siento muy próxima

Sí, puedo imaginar que sea así. 

¿Suele ir a España?

Ahora voy sobre todo a Cataluña; hace ya un tiempo que no voy a Madrid. Las cosas no van muy bien desde el punto de vista de la publicación de libros. España no publica a muchos autores africanos y, cuando lo hace, no se les presta mucha atención. He publicado varios libros en diferentes editoras españolas y no fue muy bien, las editoras fueron cayendo. Ya ni siquiera sé cuáles fueron.  El caso es que no tuve mucha suerte con el mercado español. Solo ahora, y en Cataluña, con la publicación de este libro las cosas han empezado a ir mejor.

Pero incluso autores que venden muy bien fuera, como por ejemplo Mia (Couto), pasan por lo mismo allí. Él vende muy bien en Brasil y aquí en Portugal, pero en España tampoco le va bien. Es un mercado complicado. Creo que presta más atención a América Latina. Ha llegado solo hasta ahí, parece que la literatura africana no interesa mucho en España. Pero claro, eso no quiere decir que tenga que ser así forzosamente, la situación puede cambiar.

Fotografía: Ángela Rodríguez Perea.

Yo aún no he conseguido comprender lo que ocurre. Un autor que escribe en portugués, en principio, debería ser fácil de trasladar al castellano, con todos los matices y demás.

Con los libros nunca se encuentra explicación. No se sabe por qué un libro tiene éxito en un lugar y en otro no. Siempre cuento el caso de “El viejo que leía romances de amor”. Fue publicado en España primero y no vendió nada, unos doscientos ejemplares, y la carrera de Luis Sepúlveda pudo haber acabado allí. Pero una editora francesa, Metailié, que también es la mía, por casualidad pasó por España, vio el libro, le gustó el título, lo compró. Y decidió publicarlo después de leerlo, pensando que no iba a vender nada. Publicó una edición muy pequeña, sin hacer ninguna publicidad, y a través del boca a boca el libro comenzó a vender. Después fue a Italia y vendió millones, y al volver a España también vendió. Pero no vendió en Inglaterra. ¿Por qué en Italia vendió millones y en Inglaterra nada?

Debe de ser por el mercado, quizás. Francia es algo diferente.

No tengo ninguna explicación. Debe de ser porque algunos libros llegan a los lectores, porque responden a algo. No hay en Francia escritores de lengua portuguesa que lleguen a los lectores. De hecho, en Francia mis libros no venden tanto. Donde yo he conseguido vender sobre todo es en Inglaterra, donde gané varios premios que han ayudado a la venta. El mercado holandés está muy pegado al mercado inglés, todo lo que sale en Inglaterra tiene una repercusión en Holanda, y allí conseguí vender algo más, hasta el punto de hacer una segunda edición, no más. Ahora también en Cataluña, gracias al preio. Pero en general es difícil vender un libro traducido. Vendemos en Portugal y Brasil.

¿Y en Angola?

El problema de Angola es que el precio de los libros es muy alto y las editoras angoleñas no consiguen venderlos, porque sale muy caro producirlos allí. La gente que tiene dinero viene a Portugal y compra el libro en Portugal, o va a Brasil y compra allí. Una parte de la edición portuguesa es comprada por angoleños, y también está disponible en Angola.

¿Cómo es recibida su obra en Angola?

Creo que últimamente muy bien. Hubo un momento en el que las cosas estaban más complicadas, todo estaba más dividido, pero el hecho de ser visto como alguien que estuvo involucrado en la lucha por la democratización y demásme ha ayudado hoy. Creo que en la actualidad me leen más los jóvenes por ese motivo.

 

 

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